domingo 22 de noviembre de 2009

Las mejores películas (XII)

A veces me pongo un poco jodido y cierto es que esta selección salió un poquito tétrica. Aunque muy serias todas ellas, son películas muy entretenidas y/o llamativas. Consigan, descarguen, vean, no se van a arrepentir.

Historias extraordinarias de Mariano Llinás (Argentina)
No hay que asustarse por las cuatro horas que dura. La nueva película de Llinás merece todos los elogios que recibió, y atrapa desde sus primeros tramos, al punto que se vuelve imposible dejarla. Y demuestra que no se necesita demasiado para hacer una gran película, nada más tener muchas ganas de contar cosas y los huevos necesarios como para salir con una cámara al cruce, con arrojo y espíritu aventurero.

Surveillance de Jennifer Lynch (Estados Unidos/Alemania)
La hija de David Lynch está tan loca como su padre. Y se manda una película enérgica y sangrienta, que puede recordar al Lynch más clásico y de género, tipo Terciopelo azul o Corazón salvaje. En una carretera desértica un asesinato múltiple involucra a la policía abusiva y corrupta, a un par de yonkis y a una familia que estaba de paso. Un par de agentes del FBI llega para poner orden al cuadro, con giros inesperados.

Breathless de Yang Ik-Joon (Corea del Sur)
Película surcoreana típica, sobre mafioso violentísimo e intratable que trabaja cobrando deudas, amenazando y hostigando a la gente. En determinado momento conoce a una adolescente maltratada que, increíblemente, no se intimida con su presencia. Es verdad que ya vimos la misma fórmula muchas veces, pero estos surcoreanos sí que saben atraer, sorprender e impactar.

La rabia de Albertina Carri (Argentina / Países Bajos)
En un registro parecido al de Lucrecia Martel, Carri se aproxima a una familia rural, en la pampa argentina. Pero aquí estamos ante un cuadro mucho más violento que decadente, perturbador antes que atractivo. Los insertos de animación ilustran notablemente la infancia resquebrajada, y los miedos campestres que se cierran sobre una mente atribulada.

Los abrazos rotos de Pedro Almodóvar (España)
Otra vez Almodóvar se pone serio y grave, con otra película impactante. Un guionista ciego vive convertido en su seudónimo, ya que tiene un traumático pasado escondido que no ha podido sobrellevar. Luego de muchos años comienza a confesarse con el hijo de su antigua y fiel directora de producción, destapando fatalidades.

La huérfana de Jaume Collet-Serra (Estados Unidos/Canadá/Alemania/Francia)
Por alguna razón que no logro comprender del todo bien, La huérfana no es una película que le haya gustado a demasiada gente. Se puede decir que atrae al 50% del público, y que el otro 50 la detesta. Me sitúo entre los que la disfrutaron plenamente. Una peli de terror que mantiene la tensión y el enigma con tanta constancia es ciertamente loable.

Three monkeys de Nuri Bilge Ceylan (Turquía/Francia/Italia)
Los tres integrantes de una familia turca son unos desgraciados que por tomar decisiones equivocadas caen en una situación turbulenta y asfixiante. Un drama lento pero intenso, donde el director Bilce Ceylan se permite hablar de una realidad social, de violencia doméstica y de las injusticias de género que surcan occidente de lado a lado.

Red cliff II de John Woo (China)
Claro que la segunda parte no puede verse sin haber visto antes la primera, pero prefiero recomendar sólo esta, porque la anterior no tiene mucha gracia y algunas de sus escenas son francamente impresentables. Pero supongo que igual vale la pena el sacrificio, porque ésta tiene un desenlace épico muy potente. ¡Que viva el emperador y los pueblos unificados!

Camino de Javier Fesser (España)
El gran Javier Fesser (El milagro de P. Tinto, Mortadelo y Filemón) parece haber cambiado totalmente de registro. Camino es quizá la película más rabiosamente anticlerical que pueda recordar. Basada en una historia real, se muestra a una familia del opus dei cuya hija adolescente contrae una atípica enfermedad terminal, que la tortura con dolores constantes. La peli es durísima pero también bella y muy emotiva.

Anticristo de Lars Von Trier (Dinamarca/Alemania/Francia/Suecia/Italia/Polonia)
Todavía no estoy seguro de si me gusta mucho esta película. Como nunca antes se le nota demasiado la hilacha a Von Trier, se hace demasiado evidente que al hombre le gusta ser un enfant terrible y provocar algunas viejas. Pero también es cierto que filma que da miedo, dice cosas interesantes, y enciende unas cuantas broncas. Brindo por ello.

jueves 12 de noviembre de 2009

Bastardos sin gloria (Inglorious basterds, Quentin Tarantino, 2009)

El cine como catarsis


Aquí hay sabiduría. El que tenga entendimiento que siga a Quentin Tarantino, porque es uno de los más grandes cineastas de nuestros tiempos. Si Bastardos sin gloria es una obra que se acopla con facilidad al universo tarantiniano, también es un quiebre, una manera personal de abordar hechos históricos y de experimentar distorsionándolos, sin tampoco mentir acerca de uno de los conflictos bélicos más traumáticos del Siglo XX.

Tarantino es un caprichoso cineasta que se ha dedicado a homenajear, a lo largo de su obra, a varios de los subgéneros predilectos que lo nutrieron. En Perros de la calle y Pulp ficion lo hacía con el policial negro, en Jackie Brown fue la blaxplotation, en Kill Bill las artes marciales y en Death proof el grindhouse o clase Z. Hoy le tocó el turno a las men on a mission, aquellas películas que proliferaron en los años 60 -Doce del patíbulo, El gran escape- en las que un grupo de inadaptados se abocaba a una misión arriesgada. Pero como ocurrió con todas sus otras películas, el resultado no parece tener que ver con nada que se haya hecho con anterioridad, no sólo dentro del subgénero al que hace referencia, sino del cine todo.
A Tarantino le interesa la dinamita. Le gusta sorprender, que sus películas no pasen desapercibidas; “Si agarrás un pedazo de nitroglicerina y se lo tirás a la audiencia, ellos lo van a advertir” dijo en una ocasión. Y como pocos cineastas en la actualidad, sabe descolocar con giros que surgen en los momentos más inesperados. Y como buen sádico que es, le gusta hacer sufrir al público. Pero no se trata de ese sadismo infantil por el cual un crío le muestra a sus semejantes una mariposa descuartizada –en esa faceta entraría su indeseable amigote Eli Roth- sino porque sabe generar tensiones y prolongarlas hasta lo indecible. Una característica muy suya es proponer varias situaciones hostiles, de las cuales sólo algunas culminan en clímaxes violentos, y otras donde el conflicto se disuelve y no tiene lugar la prevista masacre. En un juego así, el espectador asiste a un espectáculo en el que sabe que todo podría detonarse de un momento a otro, pero sin poder advertir nunca cuál será el momento ni de qué manera ocurrirá.
La Francia ocupada por los nazis es un entorno perfecto para plantear estas situaciones; de hecho, no debe existir organización humana que personifique el mal con mayor consenso en el imaginario colectivo. De esta manera, no fue necesario exponer por parte de los nazis grandes muestras de maldad para que causen temor, ya que su sóla presencia da cuentas de un inmenso desequilibrio de poder cuando se encuentran cara a cara con los civiles. La primer escena que tiene lugar en la campiña, en la que una familia es “visitada” por un grupo de nazis, es de antología. En ella se da cuentas, como pocas en la historia del cine, de la clase de situaciones a las que queda relegada una población no sólo durante un régimen de ocupación, sino de cualquier régimen militar. Con esa escena se sugieren violaciones, torturas físicas y psicológicas, se expone hasta qué punto el albedrío de un hombre con principios puede reducirse a cero y cómo la vida de familias enteras pueden quedar expuestas, a completa disposición de los antojos del comando militar de turno. Tarantino no miente sobre la historia, sí la utiliza para crear un espectáculo y divertirse, pero sin perder de vista ni desestimar la gravedad de ciertas realidades.
Uno de los elementos que vuelve atractiva la filmografía del director es que explota temáticas universales: la fraternidad, el pecado, el perdón, la redención, la venganza. Hoy resurgen varias, que zurcan su filmografía de principio a fin: la confianza, la traición, el revanchismo. La idea del infiltrado, de los dobles agentes, se casa maravillosamente con el universo tarantiniano, y plantea varias situaciones brillantes, en las que el espectador tiene conocimientos específicos que alguno de los personajes desconoce. El tema de los infiltrados propicia una escena insuperable, en la que se involucran un crítico de cine, un alemán disidente, una actriz y un comandante de las SS, entre otros. Allí aparecen una vez más las pistolas entrecruzadas -que a su vez Tarantino tomó del cine de acción de Hong-kong, particularmente de Ringo Lam y John Woo- y uno de esos característicos estallidos de acción condensada, en donde un conflicto alargado se resuelve en apenas unos segundos de intercambio balístico.


Se exploran las nefastas desigualdades de poder, pero de la misma manera, el brutal movimiento catártico que suponen las situaciones que invierten sorpresivamente esa relación, donde el victimario pasa a ser, de golpe, una víctima. Decía Tarantino cuando se estrenó Kill Bill que al final la novia debía matar a Bill sí o sí, porque si no lo hiciera sería una alevosa traición al espectador. El sadismo de Tarantino -lo que hablábamos de generar una tensión persistente y dilatada- se compensa con momentos de catarsis, en los que tiene lugar una especie de justicia visceral, reclamada por los más básicos instintos de la audiencia. Se involucra al espectador en situaciones incómodas y tensas pero asimismo placenteras, de las cuales algunos no desearían formar parte.
Son también marca registrada las repetidas tomas de pies, donde el director continúa delatando su obsesión fetichista, con un súmmum en el cual se invierte el cuento de Cenicienta ya que el príncipe que calza el zapato no lo hace en un gesto amoroso, sino todo lo contrario. También se ven esos planos secuencia tan suyos en los que se sigue algún personaje a través de un salón repleto de gente; la cámara asciende y desciende, enfoca a los distintos caracteres involucrados en el cuadro y su ubicación espacial, dando elementos para que el espectador entre en atmósfera -ahí hay una clara influencia de Brian De Palma-.
Y por supuesto, están los contrapuntos. El contrapunto es el recurso cinematográfico del cual Tarantino es maestro absoluto. Se le llaman así a los momentos de la narración en los que una escena se corta y comienza a tener lugar un flashback explicativo que hecha luz sobre algún elemento de esa situación, de modo que, cuando se vuelve a la escena original, el espectador tiene nuevos conocimientos que explican los giros que tendrán lugar más adelante. En Bastardos sin gloria estos flashbacks son bastante breves en comparación con los de otras películas -Perros de la calle, Kill Bill, e incluso Pulp Fiction y aquel notable cuento de Christopher Walken y el reloj-, y quizá esto esté hablando de madurez, de una mayor capacidad de síntesis en la narrativa del director.

Como varios de los más grandes directores de actores de la historia -Cassavetes, Huston, Truffaut, Welles- Tarantino también es actor, y uno muy bueno, lo que lo ha llevado a tener un fluido diálogo con los diversos intérpretes que lo rodearon a lo largo de su carrera, logrando resultados brillantes. No en vano resucitó a actores sepultados como John Travolta, Pam Grier o David Carradine -a este último temo que nadie lo podrá revivir otra vez- y asimismo catapultó a actores poco conocidos al estrellato, -Harvey Keitel, Steve Buscemi, Tim Roth, Uma Thurman, Samuel L. Jackson y Chiaki Kuriyama, entre otros-. Hoy, extrae actuaciones brillantes de Brad Pitt y Mike Myers, y da a conocer talentos formidables como Christoph Waltz (Hans Landa), Mélanie Laurent (Shoshanna), August Diehl (el comandante de las SS), Denis Menochet (el campesino), Sylvester Groth (Goebbels) y Til Shweiger (Hugo Stiglitz). Si la justicia cinematográfica existiera, volveríamos a oir de todos ellos en breve.
Cuando el estreno de La caída de Oliver Hirshbiegel, aquella película que expuso el hundimiento de Hitler, el director alemán Wim Wenders reaccionó con una protesta indignada. Le resultaba imperdonable el pudor con que las cámaras omitían enfocar el suicidio final de Hitler. Wenders escribía: “¿Por qué no debemos ver morir a Hitler y Goebbels? ¿No es ese escamoteo lo que hace que esas figuras sean inmortales, míticas? ¿Por qué esos monstruos han ganado el derecho de retirarse dignamente, mientras todos los otros alemanes, buenos y malos, son pura y simplemente masacrados? ¿A qué proceso de represión estamos asistiendo?”.
El que no haya visto Bastardos sin gloria quizá debería dejar de leer, ya que ahora se cuenta uno de los varios desenlaces de la película: A lo mejor Tarantino haya estado enterado de los controvertidos dichos de Wenders. Lo cierto es que no le basta con asesinar al führer frente a cámaras, sino que además de acribillarlo repetidas veces, lo prende fuego y lo hace explotar, todo casi en el mismo momento. Por muchos será visto como algo que no podría ser tomado en serio, una boutade infantil, irrelevante y carente de sentido. Pero quién sabe, a lo mejor estemos asistiendo a una catarsis retardada, por fin resuelta en el imaginario cultural luego de sesenta y cuatro años.

Publicado en Brecha el 13/11/2009

sábado 7 de noviembre de 2009

Top five (+ bonus track) (VII)

Y seguro se pensaban que esta sección había muerto, pero nunca, never, nadadeso. Los top faivs son una sección pedorra infaltable en este blog, y el día que dejen de existir será porque habré quedado ciego, senil, dedicado a la jardinería u otra huevada similar.
Va una aguerrida serie de momentos musicales de películas no musicales. Y para cerrar la selección sin defraudar a nadie, un par de ponjas dándose como adentro de un gorro.

Am I blue? - Tener y no tener

Hace un tiempito colgaba en esta misma sección una grandiosa secuencia de El sueño eterno, con la Bacall cantando, y hubo unas cuantas aprobaciones. Ahora conseguí otra, esta vez de Tener y no tener. Podría verla una infinidad de veces.



Ora bolas - Leonera

Ahora es cuando ustedes empiezan a dudar de mi cordura y mi sanidad mental. Lo cierto es que me encantó el comienzo de Leonera, al punto que mi hija y yo ya nos conocemos esta canción de memoria y la cantamos a diario. El fragmento no tiene absolutamente nada que ver con la peli, pero si no la vieron aprovecho para recomendársela.



Tomorrow belongs to me - Cabaret

El otro día veía El triunfo de la voluntad de la Riefenstahl y mientras esas multitudes marchaban, todo el tiempo resonaba esta canción en mi cabeza. Un fragmento de antología, orquestado por uno de los grandes.



I wanna be loved by you - Some like it hot

Creo que nadie estará en desacuerdo con que Some like it hot es una de las mejores comedias jamás filmadas. Y nadie me va a llevar la contra si digo que la Marilyne estaba fuerte como cadenazo en las muelas. Y ese par de actorazos, imponentes. Tantas gracias Josep!



Mourya re - Don

¿Todavía no vieron Don? Esto lo pongo adrede para que alguno de esos prejuiciosos que no vería una película india en su vida ya se ponga en campaña para conseguirla. Hace tiempo no veía un baile callejero filmado con tanta fuerza.



Bonus track: yakuzas tirándose con flores

Suave, sutil, detenido y predecible, el final de Dead or alive es un ejemplo de la extrema amabilidad del adorable Takashi Miike. Para disfrutar con la familia.

viernes 23 de octubre de 2009

Cine británico

God save the film


El periódico londinense The guardian confeccionó hace un par de meses un listado de los mejores 25 filmes británicos de los últimos tiempos, a partir de votaciones de 60 expertos (directores, guionistas, actores, críticos y cinéfilos destacados) entre los que se cuentan el director Edgar Wright -que tuvo el buen tino de no votarse a sí mismo- el escritor Peter Morgan, el actor Ben Kingsley y la crítica Anne Thompson. Todos ellos elaboraron su lista personal de 10 películas, de las cuales fueron extraídas las más votadas. Aquí van las resultantes:

1. Trainspotting (Boyle, 1996)
2. Withnail & I (Robinson, 1987)
3. Secrets and Lies (Leigh, 1996)
4. Distant Voices, Still Lives (Davies, 1988)
5. My Beautiful Laundrette (Frears, 1985)
6. Nil By Mouth (Oldman, 1997)
7. Sexy Beast (Glazer, 2000)
8. Ratcatcher (Ramsay, 1999)
9. Slumdog Millionaire (Boyle, 2008)
10. Four Weddings and a Funeral (Newell, 1994)
11. Touching the Void (MacDonald, 2003)
12. Hope and Glory (Boorman, 1987)
13. Control (Corbijn, 2007)
14. Naked (Leigh, 1993)
15. Under the Skin (Adler, 1997)
16. Hunger (McQueen, 2008)
17. This Is England (Meadows, 2006)
18. Shaun of the Dead (Wright, 2004)
19. Dead Man's Shoes (Meadows, 2004)
20. Red Road (Arnold, 2006)
21. Riff-Raff (Loach, 1981)
22. Man On Wire (Marsh, 2008)
23. My Summer of Love (Pawlikowski, 2004)
24. 24 Hour Party People (Winterbottom, 2002)
25. The English Patient (Minghella, 1996)

La lectura de este listado conduce indefectiblemente a la humildad, sobre todo para quienes creemos estar al tanto de las tendencias del cine actual. Admito sólo haber visto una decena de las películas nombradas, y que de otro tanto ni siquiera oí hablar. A pesar de la asumida deuda con este cine, creo que es posible extraer varias conclusiones de la lista, de diversa índole:

1-El mejor cine británico no nos llega por las vías tradicionales. Once de estas películas no fueron estrenadas en carteleras de mi país, y ni siquiera tuvieron apariciones fugaces en festivales locales. Hay que considerar que la existencia de estas listas sirve, entre otras cosas, para acercar a los cinéfilos a cintas marginales que no han gozado de buena distribución y difusión y que pese a su calidad suelen quedar condenadas al más implacable olvido.

2-El cine británico actual anda flojo. Obsérvese como recién en el séptimo puesto aparece una película de esta década, y que muchas se amontonan en los últimos diez puestos. Varias de las películas recientes que pude ver y sí figuran en la lista no son nada excepcionales: Under the skin es un típico drama británico con puntas sociales; Shaun of the dead una comedia negra intercambiable con tantas otras; Man on wire un simpático documental que no aporta mucho y My summer of love un drama lésbico irrecordable. El cine británico goza hoy de una corrección soberana, sus películas suelen ser intachables a nivel técnico, tienen actuaciones brillantes y se plantan en terrenos llamativos. Son formalmente bellas y atractivas a priori, pero también nos dejan a la espera de cierto vuelo, conceptual, poético o simplemente audiovisual, y ultimamente ese vuelo ha brillado por su ausencia.

3-La presente lista es un síntoma de nuestros tiempos. O inercia de otros anteriores, que deberían terminarse pronto. Es la muestra tangible de una creencia generalizada entre los especialistas por la cual se considera que el cine popular, o perteneciente a los géneros “menores” no merece especial consideración, y que jamás podría equipararse con ese otro cine, de autor o de temáticas sociales coyunturales. Es poco comprensible la ausencia de la mejor película de Guy Ritchie (Juegos, trampas y dos armas humeantes), y nefasta es la exclusión del cine de terror británico, quizá el terreno en que mejor le va a la filmografía inglesa -véase el corpus hoy conformado por Eden Lake, El descenso y Exterminio 1 y 2, por no nombrar a Sweeney Todd, que seguramente sea más británica que la multivotada Slumdog millionaire*-.
No habla necesariamente más ni mejor de una realidad social una película de Shane Meadows que una de James Watkins, Ritchie puede ser más influyente que el gran Mike Leigh, y lo nuevo de Neil Marshall ser más memorable que lo último de Michael Winterbottom. Este cine ninguneado suele insuflarle vida al medio y toca temáticas universales que lo vuelven trascendente, pero sigue siendo visto por muchos como una materia insignificante.
No dudo que los votantes estén siendo fieles a sus gustos, y no cabe pensar que las omisiones sean deliberadas. Pero el listado ejemplifica una tendencia crítica obsoleta, por la cual todavía se piensa en parcelas o encasillamientos que señalan géneros “mayores” y “menores”. Y ciertamente es una tendencia en vías de extinción, ya que por fortuna las nuevas generaciones de críticos no parecen compartirlas. Las revistas on line y la blogósfera cinéfila son mundos aparte en la crítica cinematográfica, y aún con sus carencias, son una muestra viviente de apertura temática real, donde el sesudo análisis de un clásico de Dreyer puede alternarse con la reseña festiva de la última película de Alex de la Iglesia.

* Los criterios para establecer cuáles son realmente películas británicas fueron discutidos, y ante la dificultad de establecerlos, se resolvió que los filmes debían “sentirse” británicos.

Publicado en Brecha 22/10/2009

jueves 15 de octubre de 2009

El cine de terror actual

Ese atractivo sufrimiento


La huérfana es uno de los platos fuertes de las carteleras actuales. Lars von Trier es hoy objeto de polémicas por su reciente El anticristo. Frank Darabont asombró hace poco con la imponente La niebla y una película sueca de vampiros (Let the right one in) es de lo mejor que ha podido verse este año. El cine de terror da señales de estar pasando por un buen momento y como nunca, se diversifica en múltiples formas y registros.

“Largo rato quedé ahí parado especulando, temiendo, dudando / soñando sueños que ningún mortal se atrevió a soñar jamás.” Edgar Allan Poe

Es curioso que el thriller y el terror, dos de los géneros más populares y que más se han reproducido en las últimas décadas, se designen por la sensación que provocan en el espectador. A la hora de delimitar el género del terror, de definir si una película puede entrar o no dentro de la clasificación, más allá de que haya o no elementos sobrenaturales, que se utilicen golpes de efecto, que la anécdota se sitúe en una superficie realista o en una ficción desquiciada, es necesario precisar si en ella se busca despertar miedo. Y como bien dice Borges, un género se conforma como tal cuando surge un espectador específico, un consumidor que exige y reconoce ciertas coordenadas. Aquí lo que se buscan son buenos sustos, y una película de terror que no los logra es, indefectiblemente, una película fallida.
La fruición de este tipo de cine, su disfrute, naturalmente obedece a cierto goce masoquista. Y es por eso que mucha gente prefiere mantenerse alejada del registro, ya que sencillamente no puede soportarlo. “¿Para qué sufrir en el cine?” suelen decir algunos prudentes con sensatez indeclinable, aunque es cierto que no es más comprensible ni justificable sufrir con un melodrama o una tragedia que con una llana y honesta película de terror. El intenso goce que provocan las grandes películas del género no es algo fácil de lograr: se necesita una anécdota llamativa y coherente en su lógica interna, una sabia dosificación de tensiones y sobresaltos, se requieren personajes sólidos con los que valga la pena sentirse identificado y es imprescindible el dominio de un lenguaje cinematográfico por los que imágenes y sonidos estén ligados estrechamente, montados con precisión quirúrgica. Lo transgresor y lo oculto son elementos esenciales en la puesta en escena, y la sugerencia y el enigma, aspectos ineludibles.
Y el cine de terror es también un espacio anárquico donde suelen romperse las reglas sociales, donde se violan los espacios sagrados, se tocan los tabúes y se insultan las buenas costumbres. La figura expresiva más frecuentada por este cine es la alegoría, y en ellas suelen plantarse sarcásticos apuntes sociales, a menudo impregnados de un pesimismo arrollador. Desde el horror psicológico de Alejandro Amenábar (Los otros) el clasicismo de Frank Darabont (La niebla) o Neil Marshall (El descenso) la brutalidad sofocante del cine francés (Alta tensión, Frontiere(s)) el ludicismo de Alex de la Iglesia (La habitación del niño) el existencialismo de Kiyoshi Kurosawa (Kairo, Retribution) y las pesadillas experimentales de Takashi Miike (Audition, Imprint) y Shinya Tsukamoto (Haze) una gran variedad de malos tragos atenta hoy contra las esperanzas de un colorido desenlace, y contra los resquicios mentales más vulnerables del espectador.


“Siempre haz que la audiencia sufra lo más que pueda” Alfred Hitchcock

Los cineastas galos saben golpear donde duele. Lo que ya ha empezado a llamarse nouvelle horreur vague es quizá la corriente más dura, agobiante y extrema del panorama del horror actual. Un grupo de directores jóvenes que transgreden perpetrando atrocidades fílmicas, ofreciendo un cine visceral, violento a más no poder, y quizá más terrible por carecer de elementos sobrenaturales y por situarse en un terreno realista. El referente inevitable para este tipo de terrorismo audiovisual es el gran clásico bizarro The Texas chainsaw massacre de Tobe Hooper, una obra que, como pocas, ha dejado un legado considerable. En ella un grupo de adolescentes era asesinado uno por uno por una familia desquiciada, en un pútrido rincón de la desértica y conservadora norteamérica profunda. La nueva tendencia francesa parece retomar ese horror sucio y visceral, que igualmente emerge desde las entrañas de un país que, como bien sugería Caché de Michael Haneke, tiene más de un cadáver escondido en sus armarios. En la notable Frontiére(s), luego de atravesar un infierno y de ver morir a sus amigos en manos de un grupo de pervertidos neo-nazis, la protagonista sufre un colapso nervioso cuando se entera por la radio sobre el fortalecimiento de la extrema derecha en Francia. Los insufribles sucesos presentados en A l’interieur se sitúan en la noche de las protestas y las quemas de autos del 2005. Como un reverso a la comodidad burguesa presentada en buena parte del cine francés dominante, estas crueles exposiciones parecen sugerir que no existe tal estabilidad, que la insatisfacción se encuentra instalada, y que el mal emerge implacable, como señal visible de una sociedad soterradamente enferma.
Aunque quizá los que estén más enfermos sean los cineastas. Las protagonistas de Alta tensión, A l’interieur, y Frontiére(s) terminan bañadas en sangre de pies a cabeza; abundan los machetazos, las puñaladas con diversos objetos, las quemaduras en tercer grado y la deformidad física y mental. En algunos casos la acumulación de situaciones grotescas atenta contra la credibilidad de los planteos, y alguna de estas películas pierde interés por ese machaque innecesario. Este cronista admite que tuvo que entrecerrar los ojos para soportar el gratuito desenlace de A l’interieur, y ciertos desbordes explícitos acercan desafortunadamente a esta tendencia al más lamentable terreno del cine de torturas. Pero las películas rescatables del paquete no buscan el morbo por el morbo mismo, ofrecen notables atmósferas, y llaman a reflexiones profundas.


El director más importante de la camada, y en gran medida el precursor de esta movida brutal es el gran Alexandre Aja, quien luego de su notable Alta tensión logró en Estados Unidos una obra superior y casi intolerable, quizá la única remake del cine reciente que supera a la obra en la que se basa: Las colinas tienen ojos. El riesgo que corren estos cineastas es que su reclutamiento por Hollywood acabe por absorverlos totalmente -Aja ya tuvo un traspié con Espejos siniestros y los directores David Moreau y Xavier Palud, estimables autores de Ils, sufrieron una importante falta de libertades al filmar la remake de The eye-.

“Tengo una imagen de Tokio en mi mente: es una imagen de una ciudad llena de habitaciones de concreto, con un cerebro atrapado en cada una de ellas.” Shinya Tsukamoto

Pero el mejor cine de terror que se ha pergeñado en los últimos años es el proveniente de Japón. Apenas comenzado el nuevo siglo el país atrajo todas las miradas con el denominado J-horror, ese subgénero en el cual espíritus pálidos y de largos cabellos negros acosaban a la víctima de turno, y que se contagió a buena parte del continente asiático (principalmente Tailandia y Corea del Sur, con grandes obras) y también a Estados Unidos, donde fueron perpetradas remakes aberrantes. Las grandes películas del J-horror supieron tocar vulnerables engranes subconscientes y provocaron sobresaltos como pocas en la historia del cine. Por desgracia el registro se refritó hasta el infinito y luego de tanta repetición fueron desgastándose sus fórmulas y las buenas ideas se vieron agotadas por completo. Pero el cine de terror japonés es mucho más que almas en pena clamando por venganza, y de ese país pueden verse las tendencias más inquietas y originales de la actualidad.
Muy cercano a la lógica de los sueños, y peor aún, de las pesadillas, se encuentra el cine de terror de Takashi Miike. Sus escabrosas imágenes y algunas horrendas escenas de tortura provocan rechazos viscerales inmediatos, pero a diferencia de las de muchos autoproclamados cineastas, sus películas no son gratuitas. En ellas impera una estimable sensación de injusticia ante las atrocidades perpetradas, se busca la identificación activa con las víctimas y son sugeridas reflexiones profundas sobre los extremos de violencia a los que es capaz de llegar el ser humano. En definitiva, la diferencia entre Miike y otros directores que muestran torturas explícitas (Eli Roth o Darren Lynn Bousman, entre otros) es tener un propósito (y algo de moral).
Otro gran cineasta nipón que ha transitado el género con singular talento es Kiyoshi Kurosawa. Se ha definido su austero estilo como una mezcla del J-horror con Antonioni, y es cierto que hay mucho de eso. Su cine no siempre es comprendido y suele desorientar a los fans del terror, quienes quizá queden a la espera de más sobresaltos y efectismos. Kurosawa radiografía la alienación, la soledad más febril, los fantasmas interiores y el peso de la urbanización sobre los individuos. Sus cuadros ofrecen múltiples lecturas, y por eso pueden resultar extraños para quienes los aborden con una visión superficial.

Con temáticas muy parecidas pero con un abordaje absolutamente distinto, el cine de Shinya Tsukamoto es perturbador y atmosférico. Quizá sea uno de los cineastas de ficción que menos miedo tiene a la experimentación audiovisual hoy en día, y su mediometraje Haze puede considerarse una de las obras mayores del terror actual. Un hombre despierta encerrado en una especie de laberinto en el que apenas tiene movilidad y dentro del cual sólo puede trasladarse reptando. No tiene idea de cómo fue a parar allí, y tampoco se vislumbra una salida posible. En ese recinto infame atravesará por distintas instancias, cada cual más claustrofóbica y asfixiante: un corredor por el que debe arrastrarse arrodillado con los dientes pegados a un extenso caño oxidado, un nauseabundo lago repleto de cadáveres en el que debe sumergirse. El enajenante desenlace es de una riqueza alegórica inmensa.
El futuro del terror se intuye prometedor sobre todo considerando a la producción japonesa. Es allí donde existe mayor cantidad de cineastas sólidos en la materia –a los ya nombrados deberían sumarse los nombres de Hideo Nakata, Takashi Shimizu y Takashi Ishii- y son ellos quienes más parecen esforzarse en concebir formas y dimensiones nuevas. Cualquier exploración seria al género debería abordar primordialmente este terreno, en todas sus variables.

“La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”. H.P. Lovecraft

No todo el cine de terror proveniente de Estados Unidos son remakes, secuelas o explotación de la tortura. También surgen, de vez en cuando, algunos chispazos aislados que recuerdan que hay creativos capaces de lograr obras atractivas e inteligentes. 1408, Soy leyenda, Hard candy, All the boys love Mandy Lane, Trick or Treat y Deadgirl son algunos buenos ejemplos, por no decir que asimismo emergen obras brillantes, como Sweeney Todd o La niebla. La situación en Inglaterra y España es similar, aparecen eventualmente películas de terror que sobresalen por varias cabezas de la producción media (El descenso, Rec).

Pero varias de las mejores obras creadas en occidente suelen ser co-producciones (ver recuadro). Esto tiene una explicación simple. Las películas financiadas desde diversos países -mayoritariamente europeos, pero también a nivel intercontinental- son la vía más eficaz de oponerse al cine norteamericano dominante. Para alcanzar los altos costos de producción y poder competir con la industria de Hollywood se reparten los gastos, favoreciéndose con las distintas ayudas públicas nacionales, ampliando los mercados y pudiendo llegar a espectadores de los distintos países involucrados. Por lo general se echa mano a figuras del star-system para protagonizar esas películas (Nicole Kidman en Los otros, Emmanuelle Béart en Vinyan, Julianne Moore y Gael García Bernal en Ceguera), y así poder atraer a esa audiencia acostumbrada al consumo de cine mainstream.
Últimamente han surgido también unos cuantos híbridos llamativos. Más que interesantes y por momentos geniales son los cuentos de terror animados de la francesa Peur(s) de la noir, y también son curiosas The burrowers, una mezcla de terror y western, Dance of the dead, comedia high school con zombies, The genetic opera, musical y gore, y muchísimas comedias negras que satirizan al género, como The cottage, Severance o Shaun of the dead, entre tantas otras.
Dentro del reciente cine de terror occidental pueden verse algunas premisas temáticas que se repiten. Una constante es la amenaza exterior, y más precisamente la que se entromete en la casa propia, vulnerando la privacidad hogareña. La obra precursora en este sentido es la demoledora y desestructurante Funny games de Michael Haneke, de la que Ils y A l’interieur recogieron su anécdota central. A su vez estas películas fueron copiadas por la reciente y más bien lamentable Los extraños y cierto es que ninguna de ellas alcanzó el nivel de la obra de Haneke. La amenaza exterior es en estos casos humana, arbitraria e incomprensible.
Otra constante es aquella en la que un grupo de personas sale de excursión placentera hacia algún lugar aislado y remoto, y son atacados por alguien. Por lo general, se trata de una salida de camping al medio del bosque, y en varios casos, los atacantes pertenecen o están ligados a grupos reaccionarios conservadores (Backwoods, Frontiere(s), Eden Lake). Aquí el mal es claro y tangible, y surge de ciertos núcleos antisociales y xenófobos.
Ya es difícil ver en el cine de terror occidental a una figura monstruosa o a una fuerza sobrenatural, y en los casos que la hay, esa amenaza no es peor que la otra, humana, mucho más presente y cercana. Aquellas obras de terror románticas, en las que un grupo de personas lograba vencer las adversidades actuando con valentía y espíritu de equipo prácticamente han desaparecido. Cuando surge una iniciativa en este sentido suele quedar trunca. El nihilismo está instalado, ya no parecen quedar cineastas en este género que confíen en la humanidad como emprendedora de grandes acciones, y eso parece todo un síntoma de nuestros tiempos.

Terror para un nuevo milenio


-Seance (Kiyoshi Kurosawa, 2000). Japón. Donde se muestra que matar accidentalmente a una niña no es recomendable.
-El espinazo del diablo (Guillermo del Toro, 2001). España / México. Niños es un orfanato, a fines de los años treinta. Los fantasmas son lo mejor que les pasa.
-Los otros (Alejandro Amenábar, 2001). España / Estados Unidos / Francia / Italia. Al final de la escalera + Los inocentes + Otra vuelta de tuerca + Carnaval de almas.
-Kairo (Kiyoshi Kurosawa, 2001). Japón. Los vivos parecen zombis, y el mundo de los muertos no se diferencia tanto del nuestro.
-Ju-on (Takashi Shimizu, 2002). Japón. Los almas en pena se meten en todos los intersticios de la casa.
-Dark water (Hideo Nakata, 2002). Japón. El agua se escurre e invade la habitación, como los espíritus a la mente atribulada.
-Alta tensión (*)(Alexandre Aja, 2003). Francia. Cecile de France huyendo, defendiéndose, contraatacando. La hemoglobina le sienta bien.
-2 hermanas (Kim Ji-woon, 2003). Corea del Sur. Una madrastra cruel, dos chicas atormentadas, y a lo mejor nadie es lo que parece.
-El amanecer de los muertos (Zack Snyder, 2004). Estados Unidos / Canadá / Japón / Francia. Muertos vivos, obviamente. Y un amanecer, más un crepúsculo.
-Dumplings (Fruit Chan, 2004). Hong Kong. Para mantenerse en forma hay que alimentarse bien.
-Shutter (Banjong Pisanthanakun, Parkpoom Wongpoom, 2004). Tailandia. Un espíritu fotogénico, y algo cargoso.
-El descenso (Neil Marshall, 2005). Inglaterra. Seis mujeres, un pozo, un centenar de criaturas infernales.
-Haze (Shinya Tsukamoto, 2005). Japón. Para los que creían que necesitan un poco de aire.
-Las colinas tienen ojos (*)(Alexandre Aja, 2006). Estados Unidos. O el más frontal escupitajo al American dream. Abandonad toda esperanza...
-Retribution (Kiyoshi Kurosawa, 2006). Japón. Nuestro detective descubre que todas las pistas del asesinato conducen a sí mismo.
-La habitación del niño (Alex de la Iglesia, 2006). España. El terror japonés, homenajeado y satirizado por un gordo atorrante.
-Imprint (*)(Takashi Miike, 2006). Estados Unidos / Japón. Para los que creían que Audition era poco tolerable.
-[Rec] (Jaume Balagueró, Paco Plaza, 2007). España. Lo mejor con cámara subjetiva.
-Sweeney Todd (Tim Burton, 2007). Estados Unidos / Inglaterra. Al barbero se le fue la moto, y lleva navaja.
-Frontiere(s) (*)(Xavier Gens, 2007). Francia / Suiza. Chica embarazada + neonazis + terror francés. Mejor ni verla.
-La niebla (Frank Darabont, 2007). Estados Unidos. Una mezcla de Lovecraft y Romero que ni parece Stephen King. Lo mejor de Darabont.
-El orfanato (Juan Antonio Bayona, 2007). México / España. Otra vuelta de tuerca, más.
-Ceguera (Fernando Meirelles, 2008). Canadá / Brasil / Japón. En el reino de los ciegos, un gran poder representa una gran responsabilidad.
-Vinyan (Fabrice Du Welz, 2008). Francia / Bélgica / Inglaterra/ Australia. Porque tampoco es recomendable perder un niño en un tsunami.
-Eden Lake (James Watkins, 2008). Inglaterra. Adolescentes un tanto desquiciados, con uno o dos problemas craneales.
-Let the right one in (Tomas Alfredson, 2008). Suecia. Porque el vampirismo es un sentimiento.
-Deadgirl (Marcel Sarmiento, 2008). Estados Unidos. Individualismo patológico, y un poco de necrofilia.
-La huérfana (Jaume Collet-Serra, 2009). Estados Unidos / Canadá / Alemania / Francia. Padres adoptivos reciben una niña un tanto viciosa y degenerada.

(*) Sólo aptas para estómagos curtidos.

Publicado en Brecha 16/10/2008

sábado 10 de octubre de 2009

Cine e imperio

Avasallamiento fílmico


El “China Youth Daily”, diario oficial de las Juventudes Comunistas Chinas, destacó, ante el arrollador éxito de taquilla de Transformers 2 en su país, que la película es “una promoción de la estrategia global de Estados Unidos y de su armamento”. El artículo afirma que las armas que aparecen son las mismas que Estados Unidos vende a sus aliados: aviones caza A-10 y F-16, vehículos Hummer, tanques M1A2 y portaaviones. Según el autor, un espectador chino protestaba indignado, luego de ver la película: “Si la primera parte de Transformers era un anuncio de autos americanos, ésta es de armas, ¡y encima pagamos por verlo!”.
El artículo subraya la buena imagen que se da de los marines, así como de la política intervencionista estadounidense, y que la película en definitiva es un muestario del inmenso poderío de la fuerza militar de ese país. Se recogen los dichos de un fan de los antiguos transformers: “Cuando veía los dibujitos (...) las armas humanas eran básicamente inútiles contra los Transformers. Pero en la película Transformers 2 las armas pueden derribar a los Decepticons. El increíble Devastator es fácilmente derribado de una pirámide por un disparo de un arma secreta de un buque de guerra norteamericano”.

Las acusaciones presentes en el artículo parecen acertadas, y los tres aspectos señalados -armamento, poderío, marines bienintencionados- son toda una constante en el cine estadounidense de hoy en día, así como de muchas series televisivas. Pero resulta curiosa la acusación de que los Estados Unidos utilice su cine como propaganda de su grandeza, cuando el cine dominante chino viene haciendo lo mismo, aunque en otro registro y quizá más sutilmente. El cine de las grandes industrias chinas y hongkonesas está haciendo un curioso incapié en superproducciones históricas, de inmensos despliegues visuales, vestimentas suntuosas y millares de extras. Es un cine que busca la fascinación por el exotismo de tradiciones culturales de antaño, que encumbra al gran imperio Chino, al heroísmo y al patriotismo, que viene desenterrando hazañas bélicas y héroes olvidados. Se han reclutado a varios de los mejores cineastas chinos para este nuevo cine histórico (Chen Kaige, John Woo, Feng Xiaogang, Ronnie Yu) y se cuenta con estrellas de primer orden –Jet Li, Andy Lau, Takeshi Kaneshiro, Donnie Yen, Zhang Ziyi, Chang Chen-. A grandes rasgos, se trata de una atractiva combinación de artes marciales, drama y wuxia*. Como ejemplo máximo de esta tendencia se encuentra uno de los más grandes cineastas chinos de la actualidad, quien a su vez fue reclutado por el gobierno municipal de Beijing para orquestar la ceremonia inaugural de los juegos olímpicos: Zhang Yimou. Su película Héroe, precursora de este nuevo cine épico, ejemplifica como ninguna la exaltación imperialista; en ella termina encumbrándose el sacrificio heroico por la unificación de los pueblos, y la rendición final ante la majestuosa figura del emperador.
A los imperios les fascinan las multitudes, las antiguas glorias y los contrapicados grandilocuentes. Ante todo, la unidad nacional, el orgullo de que los antepasados fueron artífices de grandes hazañas, que la Nación erigida es un producto milenario de valentía y sacrificio. El stalinismo tuvo a Eisenstein (Alexander Nevsky y la primera parte de Iván el terrible) el nazismo tuvo al primer Lang (Los Nibelungos) y obviamente, a Leni Riefenstahl (Olimpia, El triunfo de la voluntad) y, considerando los puntos en común, se puede decir que hoy la República Popular China tiene a su servicio estas nuevas superproducciones (entre las que se destacan películas como The warlords, Fearless, Ip man, Red Cliff y la bélica y directamente militarista Assembly, entre otras).

El artículo publicado en el China Youth Daily parece una proyección subconsciente, un ver la paja en el ojo ajeno, y quizá mi temor no sería tal si este nuevo cine chino no fuera tan bueno, atractivo e imponente. Si uno piensa en los directores que contribuyen a la exaltación del imperio norteamericano –Michael Bay, Stephen Sommers- tiende a suponer que son figuras prácticamente inocuas, artesanos mediocres que han tenido algunos golpes de suerte. El problema con los directores chinos es que, ante todo, son buenos cineastas.
En un momento en que se augura que China va a ser la nueva potencia mundial hegemónica, que su moneda es considerada una de las divisas más confiables, que su gobierno viene aplicando políticas económicas de tipo colonialista –especialmente en países africanos como Nigeria, Sudán, Congo y Zambia- recluye y tortura a los disidentes en “cárceles negras” o campos de “reeducación para el trabajo”, persigue a los abogados especializados en derechos humanos y durante el año 2008 impuso como mínimo 7 mil penas de muerte y al menos ejecutó a 1700 personas, en cuyo territorio no existe la libertad de expresión, se rigen férreos mecanismos de censura y las minorías étnicas y religiosas son hostigadas; en un momento así, una tendencia propagandística de este tipo se muestra aún más preocupante –y ciertamente da más miedo- que la torpemente esgrimida por Estados Unidos.

*Wuxia: ficción marcial de caballería, género típico en el cual se entrecruzan elementos épicos y místicos.

Publicado en Brecha 9/10/2009

sábado 3 de octubre de 2009

Las mejores películas (XI)

Esta última selección me quedó bien variada, y miren que fue casual, no es que quiera hacerme el polifacético. Todos conocen mi entusiasmo por el cine de Tarantino, y comprenderán que me ponga tan exultante con Inglorious; hoy mismísimo voy al cine a verla otra vez. Todas las pelis que le siguen son muy sólidas y sobresalen especialmente entre lo último que he visto. Diría que hasta imprescindibles.

Inglorious Basterds de Quentin Tarantino (Estados Unidos/Alemania)
Al acercarse a la última película de Tarantino uno pone el listón de expectativas demasiado alto, tanto que hasta podría resultar un poco injusto. Pero Tarantino es de los pocos cineastas en el mundo capaz de superar incluso las aspiraciones más optimistas. Inglorious es una obra mayor, revolucionaria, inclasificable y poderosa. Va a traer opiniones encontradas y unas cuantas quejas, claro que sí.

La graine et la mullet de Abdel Kechiche (Francia)
Kechiche ya se había lucido antes con la notable L'esquive, y ahora se confirma como un gran director a seguir y a tener en cuenta. Una familia de origen árabe se dispone a abrir un restaurante en un barco, encontrándose con unas cuantas dificultades en el camino. Un acercamiento íntimo a un montón de personajes cuestionables, y adorables al mismo tiempo.

Taare zameen par de Aamir Khan (India)
El cine indio también tiene películas centradas en anécdotas pequeñas, y ésta en particular es profundamente emotiva. Un niño tiene serios problemas en la escuela, con sus pares y su familia. Convencidos de que tiene problemas mentales y de conducta, sus padres deciden meterlo en un internado, donde sus problemas se agudizan. Si yo tuviese la posibilidad, difundiría esta película a lo largo y ancho del mundo. Ustedes no se la pierdan, por lo pronto.

The chaser de Hong-jin na (Corea del sur)
Un inescrupuloso proxeneta se indigna porque sus prostitutas lo abandonaron sin aviso, y procura tomar cartas en el asunto. En seguida se da cuenta de que todas ellas cayeron en manos de un retorcido asesino serial. Un thriller fortísimo y sangriento, donde increíblemente el psicópata es atrapado a los quince minutos de metraje.

The hangover de Todd Phillips (Estados Unidos/Alemania)
Un grupo de amigos se despierta sin acordarse de nada de lo que hicieron la noche anterior. Y en seguida descubren una serie de consecuencias inauditas. Un tigre en el baño, un amigo desaparecido, enemigos desperdigados por doquier, una patrulla de policía en lugar de su auto. Sería algo así como una buddy movie con trama policial; probablemente la comedia más divertida del año.

Katyn de Andrzej Wajda (Polonia)
Yo pensaba que Wajda estaba muerto, inactivo, o finiquitado creativamente. Pero nada que ver, el viejo se saca de adentro una historia que lo marcó de por vida, logrando plasmarla con empuje y gravedad. Como pasa con tantos otros hechos históricos que no tienen nada que ver con el holocausto nazi, pocos saben qué cuernos fue la masacre de Katyn. Acérquense, y sáquense la duda.

Eden lake de James Watkins (Inglaterra)
Una pareja sale a distenderse a un bosque idílico y aparentemente desierto. Pero una banda de adolescentes maleducados y molestos también anda por ahí, y empieza a atomizarlos demasiado. Luego de ciertos intercambios de violencia, las cosas llegan demasiado lejos, y nuestra protagonista deberá armarse con lo que venga para hacer frente a ese grupo de enfermitos.

Ip man de Wilson Yip (Hong Kong)
Bellísima película de artes marciales, con Donnie Yen haciendo de maestro protector de su pueblo, al sur de la China. Aunque no tenga mayor vuelo, se trata de una obra clásica, divertida y fresca, que además cuenta con la invaluable colaboración de Sammo Hung como coreógrafo de las secuencias de lucha. Cierta cuestión patriótica molesta un poco, pero en fin, no se puede pedir todo.

Luz silenciosa de Carlos Reygadas (México, Francia, Holanda, Alemania)
Ya sé que en estas páginas hablé mal de Reygadas una vez. Me equivoqué, el tipo es un gran cineasta. La peli es lenta como la mierda, pero también dice muchas cosas; un hombre no logra decidir si quedarse con su mujer y sus hijos o si irse a vivir con su amante, y su indecisión trae una tragedia inesperada. La intensidad contenida, el enfoque austero y un desenlace que recuerda al mejor Dreyer son elementos que conforman una gran obra.

The hill de Sidney Lumet (Inglaterra, 1965)
Mientras juro explorar la filmografía de Lumet hasta sus últimas consecuencias, aprovecho para sugerirles que se aproximen a este clásico olvidado. Entre varias 007 Sean Connery quiso prestarse para una película más autoral, que pudiera darle un poco de prestigio y para que lo tomaran un poco en serio. Lumet logró transmitir el calor y la existencia nauseabunda dentro de una cárcel británica para desertores de guerra.

martes 29 de septiembre de 2009

Sobre el guión de Inglorious basterds

El mayor de todos los bastardos


Una de las primeras personas que leyó el guión de Bastardos sin gloria fue el maquillador Greg Nicotero, un colaborador de Quentin Tarantino que trabaja junto a él desde su primera película. Luego de terminar las 164 páginas que lo componían quedó profundamente asombrado. “Esperaba tremendas y gigantescas batallas, horribles matanzas, cuerpos despedazados, pero no había nada de eso. Al principio no entendía adónde quería ir a parar, pero me quedé asombrado por la cantidad de detalles, por la realidad que desprendían esas páginas”. Lo mismo nos ocurrió a quienes vimos repetidamente en el trailer a ese implacable Brad Pitt uniformado reclamándole a un grupo de judíos americanos sedientos de vendetta y sangre alemana -los bastardos- cien cabelleras nazis.
Y lo cierto es que la increíble última obra de Tarantino apenas tiene acción, y sí está saturada de principio a fin de extensos diálogos. Y los “bastardos” son sólo unos pocos personajes que apenas aparecen en algunas partes del enorme cuadro coral presentado.
La mejor definición de la película también la da el mismo maquillador: “Todo se resume en la primera línea de guión: “Érase una vez en la Francia ocupada por los nazis”. Es un cuento de hadas, pero al estilo de Quentin.” Es decir, la Francia ocupada es una excusa para que Quentin cree personajes grandiosos, para que los haga interactuar con personajes que existieron en el mundo real como Goebbels, Churchill o el mismísimo Hitler, para que homenajee a Leone, a Aldrich, y a Godard, para que regurgite toda su cinefilia y la plasme en tomas imposibles, para que idee escenas de antología una tras otra, para que produzca deliberadamente el más grande anacronismo que haya conocido la historia del cine, para que haga volar a todo y todos por los aires, en un final catártico y liberador; para que haga un cine inclasificable como no podría ningún otro ser en el mundo.
Es verdad que el guión es apenas una parte de una película, y que para las verdaderas experiencias cinematográficas es apenas un sustento en el que la obra se afirma para levantar vuelo por sí sola, muchas veces echando por tierra esos bocetos originales -para algunos directores como David Lynch, el guión ni siquiera existe, aunque eso es un tema aparte-. Pero también es cierto que la escritura es el primer nacimiento de la obra cinematográfica -Robert Bresson decía que el primer nacimiento se da cuando surgen las ideas, el segundo durante el rodaje y el tercero cuando la edición- y la de Bastardos sin gloria es una idea desmesuradamente genial, sólo factible de concebirse en una mente revuelta y desquiciada como la de su creador.
Hacerse con el libro del guión es una buena idea, pero claro, leerlo antes de haber visto la película es algo criminal, sería arruinarse a uno mismo las sorpresas y buena parte de las atmósferas. Algo así como mirar parcialmente y a través de una cerradura un inmenso e imponente lienzo rupturista. La clave del poder de muchos de los diálogos de Tarantino está en quién dice las cosas, y cómo las dice. Está en cómo se distribuyen los espacios de poder, quién está por encima de quién, quién es el que está abusando de su posición, con sadismo y alevosía. Está en cuánto tiempo duran las tomas de los rostros. Los intercambios verbales de la película son extremos de tensión, estirados hasta lo inconcebible, y cortados de golpe por giros desconcertantes. Por eso el guión debería ser considerado como un agregado, un mero material de consulta, un retazo (brillante) de una obra excepcional.
Como en el guión editado de Pulp Fiction, también hay fragmentos escritos que fueron eliminados en el corte final, y que por tanto no aparecen en la película. También hay elementos que sí están en la película pero que no aparecen en el texto, como la genial aparición de dentro de un túnel oscuro del personaje que interpreta Eli Roth. Los diálogos están acompañados de breves anotaciones y descripciones de Tarantino, algunos de ellos en tono jocoso, y no tienen desperdicio. Uno de ellos reza: “...el auditorio se convierte literalmente en una lluvia roja de piernas, brazos, cabezas, torsos y culos.” y por supuesto la toma descrita no existe en la película; en otro apunte: “Ambos disparan y reciben tantos tiros que es casi romántico ver como se desploman, muertos, en el suelo”; la descripción que el autor hace del teniente Aldo Raine, el bestial personaje encarnado por Brad Pitt no podía ser más elocuente y concisa: “un palurdo de las montañas de Tenesse”.
Cerca de diez años le llevó a Tarantino concebir el guión de Bastardos sin gloria, y durante largos períodos lo tuvo reposando en un cajón. Inspirado en la película de Enzo Castellari Quel maledetto treno blindato (1978), cambió la historia un millar de veces, al punto de que hoy cualquier concomitancia con la obra del director italiano sería casual. El texto es Tarantino puro; un guión cuyas anécdotas giran todo el tiempo en torno al cine, que hace uso de una estructura episódica, que inserta flashbacks explicativos en medio de la acción, que presenta a los distintos personajes con imágenes congeladas y letreros, que abunda en esos diálogos ridículos que tienen lugar en los momentos más incongruentes.
Lo bueno es que el guión se consigue en librerías, lo malo, que a los uruguayos aún nos falta un mes para tener la película en carteleras.

Publicado en Brecha 25/9/2009

jueves 24 de septiembre de 2009

La huérfana (Orphan, Jaume Collet-Serra, 2009)

Simpatía por el demonio


La huérfana es una obra de género con personalidad propia, que se vale de pequeños y sutiles elementos para generar suspenso y malestar, y que está provista de una coherencia formal y estética que la diferencia de tantas otras de temática similar. Con esa combinación tan atractiva que aportan los atmósferas heladas y boscosas, donde tonalidades oscuras contrastan con el brillo de la nieve -de modo semejante a la burtoniana La leyenda del jinete sin cabeza- se presenta un cuadro familiar de clase alta y dos hijos, que por sus matices escapa felizmente al estereotipo y se acerca a una familia creíble, colmada de imperfecciones. Con la idea de otorgarle amor a quien más lo necesita -o de llenar un vacío- la pareja adulta decide acudir a un orfanato para adoptar una niña de nueve años.
Si en un principio todo parece ser estable e ideal en el núcleo familiar, se trata sólo de una perfección aparente y frágil, una fachada que se quiebra ante la llegada de la intrusión externa, que hace aflorar tabúes, tensiones y secretos ocultos. La niña destapa de a poco infidelidades pasadas, negligencias maternales por causa del alcohol, y la desconfianza mutua existente entre la pareja de adultos. A esto se le suma que el factor de revulsión e inestabilidad, la misma huérfana, también empieza a demostrar una faceta oculta, crecientemente siniestra. Se explotan con admirable sabiduría dos tópicos del cine de terror al mismo tiempo: el del niño víctima -en un comienzo llega a despertarse compasión por la huérfana, y la hermana pequeña y sorda es el paradigma de la vulnerabilidad- y el del niño victimario; la idea espeluznante de que la amenaza pudiera surgir de la más límpida inocencia.
La actriz de doce años Isabelle Fuhrman es un formidable acierto de casting. Proveyendo a su personaje de una dualidad por la que parece querible de a ratos, y maliciosa y desquiciada por otros, es capaz de despertar sentimientos encontrados en la audiencia. El enfrentamiento psicológico con la madre (Vera Farmiga) que tiene lugar luego de pasada la mitad de la película es un sorprendente duelo actoral, un tour de force que mantiene la tensión ínalterada durante el resto del metraje. Hay que ver a la huérfana en los tramos finales, vestida y maquillada como una adulta e intentando seducir a su padre embriagado, en una brillante escena que es extrema en su incomodidad; la inesperada vuelta de tuerca final otorga una dimensión nueva al personaje, y descubre asimismo un doblez actoral más dentro de la imponente interpretación.
La huérfana es una agradable sorpresa, sobre todo considerando que el director español Jaume Collet-Serra tuvo una trayectoria filmográfica sumamente pobre (La casa de cera y Goal 2). Esta nueva película tiene mucho de lo que sus obras anteriores carecían; no es fácil dar con un filme tan eficaz, sólido y notablemente actuado. El cine de terror actual viene lanzando películas sorprendentes ultimamente (La niebla, Let the right one in, Sweeney Todd, entre otras) y ésta es una más de ellas.

Publicado en Brecha 25/9/2009

sábado 19 de septiembre de 2009

La soledad (Jaime Rosales, 2007)

Brillante y radical

Con cámaras que parecieran estar atornilladas al suelo, en distantes y largos planos fijos, la película aborda a personajes que entran y salen de cuadro, se abocan a sus tareas diarias o conversan entre ellos sobre asuntos mayoritariamente triviales. En reiteradas ocasiones la pantalla se encuentra dividida verticalmente en dos, enfocando sus mismas acciones desde distintos ángulos. La división de la pantalla registra a los interlocutores por separado, aún cuando se encuentran hablando frente a frente. La “polivisión”, en palabras del director, “intenta enriquecer la expresión en aquellas escenas en las que hay un conflicto que tiene que ver con la necesidad y la imposibilidad de dos personas de estar juntas.” Porque La soledad, como el cine del maestro japonés Yasujiro Ozu, es, entre otras cosas, un retrato sobre la alienación, sobre la desintegración de las familias en las sociedades modernas. Pero aunque el abordaje pueda parecer frío y distante, la contemplación de los individuos en su accionar acaba despertando empatía por los personajes, y una increíble sensación de estar formando parte en los cuadros expuestos. Y paradójicamente, las emociones surgen en el espectador sin ser reclamadas con artificios, de forma automática. Al igual que en su impactante y genial ópera prima Las horas del día, nos encontramos frente a una obra a contracorriente, arriesgada, casi suicida. Rosales, además de hacer un filme que llega a los 130 minutos, opta por utilizar actores prácticamente desconocidos para los papeles, y todos ellos logran componer un cuadro de una aparente naturalidad propia de las más logradas películas de Rohmer o de la mejor tradición de las comedias francesas.
Aunque pueda sonar extraño, el sobrio abordaje a una cotidianeidad aparentemente irrelevante, acaba enfrentando al espectador a cuestiones tan trascendentes como el cáncer, la importancia del cuerpo en la subjetividad moderna, el doloroso traslado del campo a la ciudad, la separación de dos adultos con un hijo de por medio, las mezquindades familiares, el desprecio entre hermanos, el abandono de una hija a un hombre mayor y viudo, los trabajos monótonos e insatisfactorios, y, por supuesto, las tragedias desgarradoras e irreversibles, esas que estigmatizan y marcan a fuego a las personas. Porque cuando se lo propone, la película también se torna sorpresiva, penetrante y dolorosa. La soledad es un profundo drama sobre la fragilidad de la vida, y ante todo, una película deslumbrante.